Organización urbana del mundo

Organización urbana del mundo
Por Monica Di Donato

A partir de los años 50, la proporción de los habitantes que viven en las ciudades ha ido aumentando constantemente. Muchos expertos esperan que esta tendencia se intensifique durante los próximos años. Como consecuencia de ese crecimiento, según datos de Naciones Unidas, la población mundial urbana superó a su contraparte rural durante el periodo comprendido entre 2005 y 2010, y en la actualidad se puede afirmar que la mayoría de la población humana reside dentro de regiones urbanas. De cara al 2050, y en línea con las tendencias de aumento poblacional a nivel mundial, los modelos muestran que las zonas urbanas absorberán ese aumento, incorporando aproximadamente 3 mil millones de personas. Se prevé que solamente en el contexto europeo, en 2020, el 80% de sus habitantes vivirá en áreas urbanas.

Esta expansión y esta aceleración de la organización urbana del mundo, como la denomina el arquitecto territorialista italiano Calori, está basada en una dilatación no sólo física de los sistemas urbanos sino también simbólica y cultural, y en ese sentido atañe a todos los aspectos de la sociedad (relaciones, vínculos, economías, etc.) y a su relación con el entorno natural.

Dentro de esa organización, vastas áreas del planeta están dedicadas exclusivamente a la producción, procesado, logística, etc. de mercancías que fundamentalmente serán consumidas en otras zonas caracterizadas por una mayor concentración de riqueza y donde suele concentrarse la mayor parte de la población. En ese sentido, esta organización compleja tiene el objetivo de garantizar que este intercambio se realice y que los sistemas urbanos siempre queden abastecidos de input y output de energía y materiales para la población.

Considerando estos niveles de urbanización tan elevados, pensar en la gobernabilidad y en la transición ecosocial de un sistema tan complejo como es la ciudad, un sistema de sistemas según la definición usada por Garden en el último informe de la Situación del Mundo 2016 – dedicado precisamente al tema de las Ciudades Sostenibles-  significa, en definitiva, pensar en la viabilidad de los flujos físicos que la nutren y la atraviesan (de ahí la metáfora del metabolismo) y en el gran impacto a distintas escalas y desde distintos ámbitos que, sobre los ecosistemas, ejerce su población a través de los diferentes compartimentos que la estructuran (hogares, servicios, infraestructuras, etc.). Es evidente, por tanto, que cualquier programa de transición hacia la sostenibilidad no puede lograrse sin la consideración y la participación del espacio urbano, con el objetivo de que este se reconvierta en un ámbito funcional a un modelo de sociedad más equilibrada, es decir, una sociedad con un “balance demográfico más equilibrado entre mundo rural y mundo urbano, que traslade un grueso significativo de la población al mundo rural, así como un retorno importante de energía laboral al sector primario”, usando las palabras de Emilo Muiño en el Apéndice de la publicación citada anteriormente.

En ese sentido, la ciudad deberá “lidiar”con su complejidad para no colapsar, re-equilibrar su funcionamiento de manera más circular y menos linear, así como reajustar su balance de energía endosomatica (la que circula por el interior de los organismos vivos) y exosomática (la que circula fuera de los organismos vivos) con respecto al mundo rural, para encontrar su papel dentro de un mundo de 9.000 millones de personas, con elevadas densidades de población, y altos requerimientos de energía y materiales para organizase, moverse y alimentarse.

Interpretar la ciudad a través de su metabolismo

Según datos de la Agencia Internacional de la Energía (IEA) y varios estudios del Instituto de Socio-Ecología de Austria, en el último siglo la población humana se ha cuadruplicado mientras que el uso de materiales y energía se ha multiplicado por diez. En la actualidad, la humanidad utiliza aproximadamente unos 500 trillones de Julios de energía primaria (1 Julio es aproximadamente la energía necesaria para elevar un metro un cuerpo del tamaño y peso de una manzana corriente) y extrae 60 mil millones de toneladas de materias primas al año, con enormes desigualdades entre países, ciudades y habitantes de las mismas.

Como ya se ha ilustrado, en los espacios urbanos es donde se organiza, se mueve, trabaja y se alimenta más de la mitad de la población mundial. Es aquí donde se consume más del 70% de la energía y se genera alrededor del 80% de los gases de efecto invernadero. En ese escenario cobra importancia utilizar la perspectiva del metabolismo urbano para analizar el comportamiento físico del sistema ciudad, su dependencia e interrelaciones con los sistemas regional, nacional y global, proporcionando una comprensión orgánica de la ciudad y un marco de referencia objetivo para analizar los procesos técnicos y socioeconómicos que ocurren en ella.

A partir de mediados de los años 90 con los estudios pioneros de Wolman y Kennedy, desde la perspectiva del metabolismo urbano– adoptada también por Garner en los primeros capítulos de La Situación del Mundo- o de la ciudad (por simplificar, las dos expresiones se utilizan aquí de manera análoga, aunque exista un fuerte debate sobre su diferencia) se viene considerando a la ciudad como un sistema vivo que, al igual que hace cualquier organismo, intercambia energía y materiales con su medio ambiente, cuantificando el balance, en términos de flujos físicos, entre insumos (por ejemplo, combustibles y alimentos), productos con interés económico (por ejemplo, manufacturas) y sub-productos (residuos, vertidos y emisiones) derivados de la propia actividad económica. El concepto se basa en las leyes físicas de conservación de los materiales y la energía: la cantidad de producto debe ser igual a la de insumo, siendo este último equivalente a la suma de los productos y el incremento del patrimonio derivado del proceso.

Por continuar con la metáfora biológica, desde el punto de vista metabólico, la mayor parte de la energía endosomática que utilizamos los seres humanos se extrae de los sistemas agrícolas, que son los únicos sistemas productores (aunque subsidiados, desde el punto de vista físico) junto con los propios sistemas naturales, es decir, los únicos organismos autotróficos. Las ciudades, sin embargo, serían organismos heterotróficos, compuestos por elementos transformadores (por ejemplo, las industrias), que utilizan la energía exosomática para transformar recursos naturales en bienes y servicios, y elementos consumidores (por ejemplo, los hogares), que consumen los bienes y servicios y utilizan la energía exosomática para su propia reproducción. La estructura de la ciudad estaría compuesta por los edificios, infraestructuras, etc., que constituyen la materia de la ciudad, donde se desarrolla este funcionamiento.

Dado su carácter abierto hacia el exterior, el mantenimiento de la complejidad de los sistemas urbanos se fundamenta, por tanto, en un desequilibrio hacia el consumo de energía exosomática, apoyándose en la explotación de recursos naturales ubicados en espacios más o menos lejanos, llegando a adquirir, en muchos casos, un carácter global.

El estudio del metabolismo urbano es valioso porque nos proporciona información objetiva sobre la dirección del desarrollo urbano. En este sentido, nos da pistas importantes sobre los impactos ambientales que genera la actividad desarrollada por la ciudad como resultado de un uso de recursos naturales derivado de un cierto patrón de consumo y estilo de vida. También nos da criterios para identificar aquellos diseños urbanos y elecciones tecnológicas más efectivos para distintas ciudades en distintos contextos de desarrollo.

Tres han sido los aspectos que han acaparado la mayor parte de la atención dentro del estudio del metabolismo urbano: el transporte y la movilidad, en cuanto al uso de la energía y sus efectos, principalmente ligados al cambio climático, y que garantiza la entrada de la producción dentro de la ciudad; los requerimientos de materiales y energía en la construcción, en lo que se refiere al ahorro y eficiencia en el consumo de materiales y energía, así como debido a una planificación urbanística y constructiva más consciente en el crecimiento de la misma; y, el consumo de los hogares, sector clave donde destaca la preponderancia del consumo energético y material ligado a ciertos usos residenciales (calefacción, agua caliente sanitaria, iluminación, electrodomésticos, etc.), transporte privado y alimentación, que suponen, según los estudios realizados a nivel mundial, alrededor del 80 % del consumo energético y el 70 % de las emisiones ligadas a los hogares.

Alimentar la ciudad: estrategias urbanas

“Las ciudades son lo que comen”. Con esta frase tan contundente se expresaba en 2009 Carolyn Steel en su libro Hungry Cities, haciendo hincapié sobre la importancia del flujo de la alimentación dentro del contexto metabólico urbano, pero no sólo desde el punto de vista físico sino también simbólico y cultural, utilizándolo como factor de lectura de las mismas trasformaciones urbanas.

En ese sentido, tanto los informes y congresos más institucionales (como el Programa de la FAO Food for the Cities, o el congreso sobre Agricultura y Ciudades promovido por UN-Habitat en 2001, sólo por citar dos ejemplos) como las múltiples y diversas iniciativas impulsadas con y por parte de la sociedad civil y las administraciones públicas en todo el mundo (sobre todo alrededor de los años ochenta en Norteamérica), han puesto de relieve la necesidad de mejorar la sostenibilidad de las zonas urbanas a través de un mayor control y gobernanza de sus ciclos agroambientales y alimentarios. Se trataría de articular un debate que va más allá de la problemática de nutrir a una ciudad cada vez más poblada o de mejorar la eficiencia de los sistemas de comercialización y distribución de los alimentos, y que ahonda en la perspectiva de cómo pensar la ciudad.

La comida es uno de los recursos más vitales para la ciudad. Existe, por tanto, una estrecha conexión entre la comida y la ciudad, y la forma en que las personas pueden acceder a ella y decidir qué comer depende e influye sobre la organización urbana, su sostenibilidad y su resiliencia.

Muchas han sido las políticas adoptadas e implementadas por diferentes ciudades en materia de alimentación (sobre diversas cuestiones y desde diferentes planos). Existe una amplia literatura que recoge en ese sentido las experiencias más emblemáticas de distintas ciudades. (Por ejemplo, en la II Reunión en la FAO sobre Política de la Alimentación Urbana se premiaron las ciudades que se han distinguido en términos de política urbana de alimentos: el primer premio ha ido a Baltimore, por su política urbana dirigida a la resiliencia y la equidad social. El segundo premio, dedicado a las ciudades que trabajan en contextos desfavorecidos, ha ido a la Ciudad de México, por su lucha contra la pobreza alimentaria. Y luego están los premios dedicados a cada una de las seis áreas del Pacto: Quito (Ecuador) fue premiada por su sistema de producción de alimentos a través de una red de huertos familiares; Birmingham (Reino Unido) gana por su programa de lucha contra la obesidad, por citar unos ejemplos).

Precisamente dentro de este marco se inscribe el primer pacto a nivel internacional entre alcaldes sobre políticas alimentarias urbanas, el Milan Urban Food Policy Pact, considerado como la mayor herencia dejada por la Exposición Universal de 2015 que tuvo lugar en Milán bajo el lema “Nutrir el Planeta, Energía para la vida”. Este pacto fue firmado en la ciudad italiana el 15 de octubre de 2015 por parte de muchas administraciones de todo el mundo y hoy cuenta con 130 ciudades que lo apoyan (estamos hablando de 470 millones de habitantes), entre ellas muchas ciudades españolas (la mayoría ayuntamientos del cambio) como Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia (que acogerá el tercer encuentro internacional de ciudades comprometidas con el pacto), Málaga, Las Palmas de Gran Canarias, Villanueva de la Cañada, Zaragoza, Córdoba.

Se trata de un acuerdo voluntario (aquí radica quizás su mayor limitación) que incluye seis áreas de intervención –gobernanza, alimentación sana y sostenible, justicia social y económica, producción de alimentos, distribución y despilfarro- y define las directrices para los gobiernos locales, destinadas a: “Desarrollar sistemas alimentarios sostenibles, inclusivos, resilientes, seguros y diversificados para garantizar una alimentación sana accesible a todo el mundo en un marco de acción basado en los derechos, con el fin de reducir el desperdicio de alimentos y conservar la biodiversidad y, al mismo tiempo, mitigar y adaptarse a los efectos del cambio climático.” El objetivo es dotar los gobiernos de una agenda de compromisos y, sobre todo, facilitar la comparación entre ciudades, de manera que el esfuerzo sea más eficaz y compartido. En esa línea, el Pacto de Milán articula un Marco de Acción que incluye 37 medidas que ofrecen una agenda concreta para el desarrollo de políticas alimentarias municipales.

Hace apenas unos días, el pasado 14 de octubre, los alcaldes que han ratificado el pacto se citaron en la sede de la FAO en Roma para hacer un balance de lo que se ha hecho a lo largo de este año de vida del pacto, así como para identificar los próximos pasos. Uno de los objetivos importantes de los que se ha hablado es el de llegar a la elaboración de indicadores para medir la eficacia de las políticas, para luego ser capaces de hacer un seguimiento y una comparación con datos objetivos. Además de los indicadores, otro tema importante tratado ha sido el de la posibilidad de involucrar a otros actores y redes institucionales sobre la temática de la Política de la Alimentación Urbana. En ese sentido, hay muchas expectativas sobre la manera en la que todos estos temas serán retomados en la conferencia Hábitat III en Quito sobre los asentamientos y el desarrollo urbano sostenible. En esa ocasión, el Pacto de Milán se presentará como una experiencia virtuosa en la que se maneja de manera colectiva e integrada el tema de los alimentos a través de medidas que combinan la economía, la salud pública, la equidad social y la integridad de los ecosistemas.

En muchas de las ciudades españolas que han firmado el Pacto, el impulso y los compromisos adquiridos por parte de las administraciones públicas han venido de la mano y de la voluntad y del convencimiento de organizaciones de la sociedad civil para que se siguiera y se profundizara en experiencias y políticas públicas ya existentes, es decir, huertos urbanos, comedores ecológicos dentro de la restauración colectiva, mercados de productores, etc. Dentro de ese ámbito las administraciones municipales han trabajado con diversos agentes y sectores sociales de la ciudad en la difusión del contenido del Pacto, favoreciendo la participación ciudadana, recogiendo propuestas de cara a la elaboración de unas directrices de gobernanza municipal, y organizando redes de seguimiento e intercambio para evaluar y desarrollar las medidas contenidas en el documento. También se ha promovido la creación de redes y organizaciones para compartir y difundir experiencias en el proceso de desarrollo de la agenda urbana en la aplicación del Pacto de Milán entre las cuales: centrales de abastos, plataformas de distribución, mercados municipales, agricultura periurbana, parques agrarios, huertas urbanas, circuitos cortos de comercialización, dinamización económica y control del desperdicio alimentario.

El pacto de Milán, en el papel, es muy ambicioso y toca puntos centrales en términos de gobernanza alimentaria urbana. Esperemos que no se quede en un mero escaparate político-institucional y que sepa articular a su alrededor políticas de gestión pública alimentarias encaminadas a la seguridad y soberanía alimentaria de la ciudad. Desde las ciudades y en las ciudades se pueden encontrar respuestas y caminos.

Y cerramos con las palabras pronunciadas por el alcalde de la ciudad de Valencia hace unos días en Roma en la segunda reunión sobre Política Urbana de la Alimentación: “Una concepción equivocada de desarrollo ha dado lugar a la posibilidad de no ser capaz de proporcionar un entorno de vida habitable a las generaciones futuras. La conciencia de esto nos obliga a reorganizarnos con el fin de garantizar la dignidad de todos. Recordemos que los mayores logros se dan sorprendentemente en lo más cotidiano”.

Una versión reducida de este texto puede consultarse en CTXT.

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